El Gral. José Rafael Montilla el "Tigre de Guaito"

El General José Rafael Montilla "El Tigre de Guaito" nació en San Miguel estado Trujillo, el 16 de septiembre de 1.859, sus padres fueron: Custodio Montilla y Juana Natividad Petaquero sus luchas por la reivindicación de los campesinos y por la liberación de la tierras que se encontraban en manos de terratenientes eran conocidas. Montilla fue un gran luchador pertenecía a los Liberales Amarillos. El 21 de noviembre de 1.907 cae muerto de un machetazo que le propina Jacinto Canelone uno de sus más queridos soldados en la quebrada de "Agua Clara" del caserío Guaitoito, parroquia La Candelaria, Municipio Morán del Estado Lara. Fue sepultado en el cementerio de Guaitó, pero años más tarde sus restos son exhumados en una dura lucha contra un enjambre de abejas quien custodiaba su tumba, ellas eran sus soldados que no querían que se llevaran a su General de la tierra donde dejó su huella. Hoy está sembrado en el cementerio de Boconó estado Trujillo casi en el olvido, por tal razón hoy le damos su reconocimiento a este gran personaje de la historia de Venezuela y uno de los más espíritus milagrosos venezolanos.

    San Miguel con sus calles de piedra y casas blancas de tejas rojas. La Plaza llena de flores de cerro: hortensias, azucenas, capachos rojos, al frente de tropel de muchachos corrían por sus caminos de lajas, Rafael Montilla, adelante iba él jefe de ataque a piedras de una banda contra otra, de zagaletones del pueblo. Cara de indio, cuerpo robusto, manos de tigre, piernas de acero, de los muchachos serranos acostumbrados a trapear laderas. Ese día casi al final del encuentro, una pedrada lanzada por su brazo de fuego, le dio en plena cabeza a uno de los hijos del hacendado más rico de los alrededores.

 

Como ya el indio era un zagalón que hasta cárcel merecía, se escapó esa misma noche como arriero y amanuense de su padrino el General Santana Saavedra, buscando los rumbos helados del páramo de Mérida. Era el año de 1875 y allá Rafael Montilla detrás de la mula trotona de su General, Siempre a pie y atento a las paradas para solicitar el pienso, ensillar y desensillar la cabalgadura, quitarle las botas al padrino y después dormir bajo la ventisca, alerta siempre con el wínchester listo de la colgadura.

 

Pero ya era un hombre y los hombres libres tienen otro destino. Por eso se rebelaba contra su condición de sirviente y sólo esperaba la primera oportunidad en aquellos páramos de muerte, para demostrar a todos la hombría que llevaba. Se fue furtivamente por las veredas de niebla y en las cercanías de San Miguel buscó a sus amigos de la infancia atormentada. Con Andrés y Eugenio Montaña, sus compañeros de barrio, formó una partida de guerra para mantenerse libre de los atropellos de los caciques que mandaban en el pueblo.


Armados de escopetas se paseaba por la aldea, cultivaban sus conucos y llevaban sus frutos al mercado en un largo arreo de mulas negras. Adelante la mula campanera sonando alegremente su campaña en las vueltas del camino, allá lejos las aguas tormentosas del Burate se deslizaba espumosa, con su mundo de fantasmas recogidos de crecientes.


     En San Rafael de Guanda vivía el cacique mayor, el hombre que con más codicia imponía su voluntad a los campesinos de esa comarca. Solo él podría vender los frutos, sólo él compraba al precio que le convenía, era el único dueño de las tierras feraces y cobraba a su antojo el impuesto al aguardiente de caña blanca.

 

Un día cuando venían lo jóvenes con sus cargamentos de verduras y hortalizas de las vegas del río, Francisco Baptista los hizo prisioneros para obligarlos a vendérselas y alejarlos del negocio. Esa tarde, a pleno sol, los puso a los tres en un cepo de tortura, negándoles el agua que pedían sedientos y manteniéndolos en el suplicio aherrojados en la tierra, como castigo ejemplo por haberse atrevido a comerciar libremente.

 

A los tres días con las piernas llagadas y el hambre agotando sus cuerpos, fueron puestos en libertad, creyendo Francisco Baptista que bastaría con ese escarmiento para disuadirlos.

 

Pero los jóvenes eran jóvenes rebeldes dispuestos a defender lo suyo, aun al precio de su sangre. Y una noche sin luna en los cerros, lo esperaron en el camino, allá en la curva de la Horquilla. Baptista cayó herido con tres tiros en el cuerpo y los tres amigos se perdieron en la oscuridad, para buscar refugio seguro entre las tropas de la guerra, en las filas liberales, únicas que les dieron protección contra los oligarcas de Trujillo. Así inició Rafael Montilla una vida de ejército en ejército, de hacienda en hacienda como jornalero de alquiler, de aventura en aventura como la desgracia que manchó su vida.


     En ese ejército su amigo Manuel Iturrieta, lo presentó al General Diego Bautista Ferrer, Comandante de los batallones de línea que enviaba el Presidente Andueza Palacios. Dese entonces lo pusieron como baquiano recorriendo los caminos y veredas de las montañas andinas.

 

Comenzaba así la guasábara de mil escaramuzas que signarían su vida. Una tarde, ya llegando al cementerio de Carache, en su primer encuentro con los godos, se hizo jefe del piquete de vanguardia y tomó por asalto la defendida posición enemiga, después de un sangriento combate. Persiguió a los derrotados con tanto ímpetu, que el General Federico Araujo tuvo que retirarse apresuradamente con las fuerzas oligarcas. "¡Viva el Partido Liberal Amarillo! ¡Abajo los godos! ¡Mueran los Araujo!". Un toque de clarín, largo y fino, rasgó de pronto el cielo abrumado. Un soldado liberal lanzó con emoción el grito de victoria: ¡viva Montilla! y al oírlo Diego Bautista Ferrer, alzando su muñón tinto de sangre lo corrigió con voz sonora:-¡viva el General Montilla, carajo!

 

Así lo ascendió en pleno combate como se asciende a los valientes. A lo lejos, el eco de los cerros rompió el silencio y el ¡viva Montilla! se mezcló con las brumas, se esparció con los vientos, meció los grandes árboles, hico cantar los pájaros y dio nacimiento a la leyenda.

 

    Así nació el mito de un nuevo caudillo, que si ideología precisa, pero con solo el instinto alimentado por largos años de opresión, sería en lo futuro el símbolo de la rebelión de los campesinos, que después de cada batalla, se iba a Guaitó, que comenzaba a ser su guarida, como la madriguera del tigre.

 

    Como cantaban los juglares en las fiestas de los pueblos. Allí se refugió con los suyos, en sus verdes vegas de caña dulce, rojas siembras de café maduro y blancos maizales de barbas doradas. En estos predios de fresco verdor, cascadas de agua clara, caminos de curvas estrechas y sol encapotado por cúmulos de neblina, inició una nueva vida con los compañeros que lo secundaron, ahora nadie se atrevía con ellos, porque sabían el poder de sus machetes, de la furia de su corazón y del plomo de sus fusiles, listos permanentemente, a la espera de nuevos acontecimientos.

 

La Muerte: Incognita de un machetazo

Esa tarde salió temprano el General de la casa de palma parda bajando la larga cuesta por el camino del conuco de Jacinto Canelones, un parcelero que tenía su rancho, allá lejos a la orilla de una quebrada de agua cantoras.

 

Jacinto Canelones había sido un niño huérfano, que vivía con su madre viuda en un ranchito de un solo cuarto. Allí dormían los dos, hasta que la madre consiguió concubino, que de un día para otro se transformó en el dueño de todo. Desde entonces Jacinto tuvo que soportar sufrir sus groserías y latigazos, cuando lo ponía a guarear loros para que no se comieran los maizales y se quedaba dormido bajo la sombra de los guamos.

 

Por eso a pesar de sus escasos doce años, comenzó a aprender el manejo del trabuco naranjero, que guardaba su padrastro en el rincón oscuro del cuarto. Lo sobaba con sus manos de niño le cambiaba la chispa de pedernales, subía y bajaba lentamente el gatillo y lo cargaba, alimentando el ancho cañón de gran calibre.

 

Al estar absolutamente seguro que no podía fallar el tiro, Jacinto se hizo el dormido en el maizal espigado y en lo que llegó el padrastro enfurecido agarró el oxidado trabuco sin apuntar, le descargó el puñado de guáimaros dejándolo tendido en el patio. Al volverse para donde su madre, que le gritaba en la cocina le dijo con profundo desprecio: Se lo avisé mamá, le rogué que lo dejara y usted no me hizo caso. ¡Ahí tiene su vaina! esa misma noche se presentó, en busca de protección, ante el General Montilla, quien al escuchar su relato, le gustó la entereza del muchacho y decidió hacer de él un bravo guerrero y su hombre de confianza, tal como lo necesitaba para sus campañas. Mucho tiempo después, lo dejaba siempre encargado de la casa, mientras se iba lejos en sus guerras, llegando a ser Jacinto Canelones algo indispensable, en la vida agreste de la hacienda del General.

 

¿Enamoraría Jacinto Canelones a la misma mujer que le gustaba a aquel hombre atormentado, que había sido su amigo, su protector, casi como un padre? Esto dicen algunos de sus viejos soldados, pero desde el momento en que el General comenzó a bajar la vereda empinada, hacia el rumbo de Jacinto, todo se confunde con la leyenda inextinguible de los relatos dispersos.


Bajaba el sol poniente, se iba apagando la luz del atardecer y las sombras cubrían lentamente la tierra y los valles oscureciendo el camino por entre la arboleda. Allá al final, el canto del agua despertó la sed del General, se detuvo un momento mirando a todas partes, como si su sentido alertas le avisaran el peligro. Después comenzó a cruzar la quebrada y en la orilla contraria, se inclinó para beber en el cuenco de las manos. En el pozo de aguas claras se reflejó el machete fulgurante del asesino, que desde el barranco inmediato se abalanzó sobre su espalda para cercenarle la cabeza.

 

Pero su instinto salvaje fue más veloz que el arma homicida que batía el viento, porque como un rayo en la serranía sonó el disparo de su revólver, rápido en su mano, ante el indicio de la muerte. Y Jacinto Canelones cayó partido de un tiro sobre la corriente rumorosa.


Al mismo tiempo se escucho el ¡zas! de un machetazo que se ha quedado en la incógnita. Porque cincuenta años después permanece en el más inescrutable misterio: ¿Podría, antes de morir Jacinto, acertar el golpe certero? ¿Lo remataría Pastor Silva que como espaldero, siempre iba detrás, a cuatro pasos de su General? Esa noche la luna salió pronto, reflejándose en las aguas blancas. Tendidos uno al lado del otro, quedaron solos los cadáveres, el Tigre decapitado, surtiendo con su fuente de sangre la quebrada, y el de Jacinto Canelones, bandeado por una bala en la columna, con la cara al viento y a la luna clara.

 

Entierro con banderas amarillas

    Julián Piña, Antolino Hernández, Benjamín Piñero y todos los oficiales que lo buscaron una noche entera, hasta encontrarlo por la mañana, recogieron el cadáver de Montilla. Lo velaron con guardia de honor durante veinticuatro horas seguidas, en la gran casa de tejas rojas en el caserío Guaitoito. Y eran llantos y sollozos mezclados con las miradas torvas de los hombres que desconfiaban y sentían el alma atormentada por la sospecha mutua, como una lanza en el pecho con la sombra de duda.

 

    Esa noche fue de romería, de los rincones más recónditos de las distancias azules. Desde Lara y los Humocaros, por Guárico y el Tocuyo, bajaban hombres y mujeres acongojados para el velorio. Y desde Córdoba y Biscucuy, por el camino de Chabasquen, los amigos de Portuguesa. Por Campo Elías se vinieron los de Boconó, Burbusay y San Miguel, a ofrecerle el tributo de su afecto y su recuerdo. Fue un continuo pasar de gentes en bestias, carretas y a pie descalzos, por las cuestas empinadas, desafiando los puestos de guardia, por travesías increíbles, para despedirse del General que les había cautivado el corazón.

 

    Llegar a Guaitó es todavía una larga aventura que significa cruzar Trujillo y la raya de Portuguesa, para internarse en las neblinas de la sierra larense, donde se aposenta al aldea, como un refugio de Cóndores altivos en la cúspide de un picacho. Por eso las veinticuatro horas fueron escasas para recibir tanta gente, y tuvieron que velarlo por dos días seguido, entre una montaña de flores que le ofrendaban sus soldados. Geranios, clavellinas, malabares, rosas blancas, rosas rojas, claveles de páramo, pensamientos azules y hortensias.

 

Muy de mañana, al tercer día, salió el cortejo desde la casa ensombrecida y por el camino retorcido que circundaba el cerro, lo trajeron a la aldea, para pasearlo por la calle larga de Guaitó, en hondonada suave como una curva de guitarra.

 

 

   En una carreta de bueyes sardos, traían la negra urna y sobre ella una desteñida bandera de las batallas, los bueyes lentos con ojos melancólicos y caminaban con paso cansado del diestro de Hermenegildo Lucena, el hombre de los asaltos. Adelante, el macho negro enjaezado con la montura de lujo; del pico de plata de la silla, colgaba la gran espada; sobre el asiento, de lado y lado, las negras botas largas.

 

Pero lo más hermoso era el enorme macho cabos blancos, con su gigantesco pecho negro cruzado desde el pecho por una ancha banda de estambre amarillo, que tejieron las mujeres del pueblo. Más adelante todavía, la corneta y dos centinelas, a paso vistoso de parada; y en el cañón de cada fusil, flameando al viento, un crespón de luto. Se vinieron calle abajo hasta la esquina de la Plaza Bolívar de Guaitó, donde aparecieron los cantores de Lara, con seis cuatros y tres guitarras, para cantarle la despedida con tres voces entonadas.

 

 

    Continuó su camino el cortejo y en la esquina, de bajo del candelero, se quedaron solo los músicos, con sus voces destempladas por el licor de la caña blanca y del dolor que los embargaba. Y en seguida pasaron las mulas sudorosas, halando el cañoncito de ruedas de palo, que se había traído de la guerra para proteger su refugio, desde la cúspide del cerro.

 

Lo llevaron a enterrar sus más viejos compañeros, mirándose uno a otros como si se preguntaran que iría a ser de ellos, después de la muerte de su General, el símbolo y la fuerza que le mantenía el espíritu. Con el tronar del cañón le rindieron los últimos honores en el Cementerio de Guaitó, eso hombres de ropas harapientas, uniformes desteñidos, sombreros desgarrados, barbas largas y espesas, cara de llanto y de pena.

 

Y en el cementerio del monte, en un claro de tierra roja, sembraron la cruz blanca del General Montilla. Después silenciosos y entristecidos, se fueron por los caminos perdidos de los ranchos.

 

Entre Relatos y Fantasmas

     En aquel lugar continua Guaitó, detenido en el tiempo, con sus mismas veinte casitas, los ranchos colgados del cerro, las neblinas azules, las quebradas musicales, los cafetales maduros, los cañaverales de caña blanca y la permanente lluvia, fina como las cuerdas de un arpa.

 

Los ancianos que aún sobreviven, antiguos compañeros del Tigre, han comenzado a morir. Hace diez años Hermenegildo Lucena, no hace quince Manolàn. Pero hasta no hace mucho vivían todos, como si el viento gélido, el díctamo real y la neblina de las alturas les prolongaran la vida, extrañamente en una ancianidad centenaria, diluida en los recuerdos. Esta gente parece hecha de neblinas y recuerdos. Porque para ellos no ha cambiado nada esta misma tierra, pues para llegar a Guaitó hay que recorrer un largo camino, el mismo sendero de recuas del año 1900.

Los que decidieron quedarse ahí, resolvieron su vida sencillamente aislándose del mundo de la Venezuela moderna. Pero en cada casa de la aldea, se encuentra un recuerdo viviente, prefirieron eso, seguir en el pasado, viejos y jóvenes, setenta años después, añoran a su General y hablan orgullosos de sus hazañas en ese recinto de fantasmas.

Fuente: Franco Francisco. Muertos, fantasmas y héroes "Culto a los muertos milagrosos en Venezuela". 1ª edición 2009. Universidad de los Andes. Edo. Mérida. Venezuela.

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Comentarios: 3
  • #1

    Carlos Briceño (domingo, 17 septiembre 2017 04:41)

    Excelente trabajo

  • #2

    Alexander Romero (jueves, 21 septiembre 2017 22:01)

    Eso relató es mío, por lo menos respete la fuente.

  • #3

    Alexander Romero (jueves, 21 septiembre 2017 22:04)

    La fuente no es suya, respete la fuente, eso de copiar y pegar no es cosa de investigadores. La fuente está en mi blog: es de mi autoría http://alexanderguaito.blogspot.com