Los Elementales

     La ortodoxia de la Edad Media consideraba a los ángeles, demonios o espíritus  humanos desencarnados, como entidades personales invisibles. Personificaron a los poderes  del bien y del mal, e hicieron de ellos caricaturas y monstruos que volaban de lugar a lugar,  tratando de subyugar las almas de los hombres o  de sujetarlos a su poder. El gobierno de  aquellos tiempos era oligárquico,  y el pobre dependía de los favor es del rico. El poder de la  Iglesia era supremo, y los dictados del clero no  toleraban la desobediencia. El servilismo y  anhelo por favores personales estaban a la orden de aquel tiempo, y este estado de la mente influenció y modificó necesariamente las concepciones religiosas del pueblo. El Espíritu Supremo del Universo fue degradado a sus ojos como un tirano personal, y cuyo favor trataban de ganar por medio de penitencias, súplicas, y por medio de la intercesión de los sacerdotes, que se suponía eran sus favoritos.  Todo lo que no podía ser reconciliado con las preocupaciones y opiniones existentes, era  atribuido al diablo; y los horrores de la Inquisición, las persecuciones religiosas y procesos de brujas, son bien conocidos para traerse a la memoria del lector.


     “Pneuma”, o “alma”, significa un espíritu  semi- material, una esencia o forma que no es ni “material” en el sentido aceptado de la palabra, ni espíritu puro. Es (como todo lo demás en el universo) una forma de la voluntad, y puede tener una o ninguna inteligencia. Generalmente significa el eslabón que une el espíritu con el  cuerpo; pero hay seres que pertenecen enteramente al reino del alma y no tienen cuerpos como los llamados comúnmente “materiales”.


      Se puede decir que el alma es cierto esta do de actividad de la voluntad, y lo mismo se puede decir del cuerpo físico; porque si  consideramos al universo como siendo una manifestación de la voluntad en movimiento, entonces todas las formas y objetos que conocemos, o que podemos imaginar, son determinadas vibraciones de la voluntad. Así, pues, podemos considerar a la naturaleza física como constituida de un orden inferior de vibraciones, al alma como una octava superior de las mismas, y al espíritu como más superior todavía. Si el cuerpo físico muere, la octava inferior deja de sonar, pero la superior continúa y continuará en vibración mientras esté  en contacto con lo más elevado; pero sí el espíritu se ha separado de ella, tarde o temprano cesará su actividad. Así pues, si el hombre muere el alma sobrevive, y sus esencias superiores van a formar la substancia del cuerpo del hombre paradisíaco, “el hombre del nuevo Olimpo” (Devachán), y las esencias inferiores del alma, de la cual  el espíritu se ha separado,  se disuelven en los elementos astrales a que pertenecen, así como el cuerpo terrenal se disuelve en  los elementos de la tierra.


      Esta disolución, sin embargo, no se verifica inmediatamente en el momento de la separación del alma del cuerpo, sino que puede necesitar largo tiempo. Lo que constituía la mente de un hombre (el astra), continúa todavía existiendo después de  la muerte del cuerpo, aunque el astrum no es la persona a que el astrum perteneció. Si un hombre ha sido veraz durante su vida, su espíritu será veraz después de la muerte del hombre. Si ha sido un gran astrónomo, un mago o alquimista, su espíritu  será todavía lo mismo, y podemos aprender muchísimas cosas de tales espíritus; esas cosas son los restos  de la mente que en un tiempo constituyeron el hombre terrenal.


     Hay dos muertes o dos separaciones. La separación del espíritu y alma del cuerpo y la separación del espíritu del alma; o, para  expresarlo más claro, la separación de lo espiritual del alma meramente intelectual o animal. Si una persona muere de muerte natural (esto es, de vejez), si  sus pasiones han muerto durante la vida, si su voluntad egoísta se ha debilitado y su mente se ha hecho como la de  un niño, y si ha puesto su confianza en su padre, su espíritu y su alma, al momento de la muerte, serán  libres de las cadenas materiales y será atraído al cuerpo de Cristo.


     “Tal alma es la carne y sangre de Cristo y Cristo es su Dueño. No entra en comunicación con los mortales, porque no desea nada terrenal. No “piensa” o especula acerca de las cosas terrestres, ni se apena por sus relaciones o amigos. Vive en un estado de pura sensación, dicha y gozo”.


  Tal es la suerte de los que mueren de  muerte natural en Dios; pero las condiciones de los que mueren prematuramente sin ser regenerados, las de los suicidas o las de los que mueren a consecuencia de algún accidente, difieren muchísimo; porque aunque sus almas han sido separadas por fuerza de sus cuerpos, el  espíritu no por esto deja necesariamente al alma, sino que puede permanecer con ella  hasta que otra separación se verifique.


     Permanecen en tales casos seres humanos como cualesquiera otros; sólo, con esta diferencia, que no poseen un cuerpo físico, y  permanecen en tal estado hasta que llega el tiempo cuando, según la ley de la Naturaleza y su  propia predestinación (Karma), su muerte física debería haber llegado.


    Al terminar este  tiempo se verifica  la separación de sus principios inferiores y superiores. Mientras tanto viven en sus cuerpos astrales. Tales cuerpos son invisibles para nosotros, pero son visibles entre ellos, y tienen sensación y facultades perceptivas, y ejecutan en sus pensamientos lo que tenían costumbre de ejecutar durante la vida, y creen que lo están ejecutando físicamente. Permanecen todavía en la esfera de la tierra, y Paracelso les llama Caba- li, Lemures, etc.


     Están todavía en posesión completa de sus deseos terrenales  y pasiones; tratan de satisfacerlas, y son instintivamente atraídos hacia personas en quienes hayan deseos y pasiones correspondientes, y a los lugares en donde  pueden esperar satisfacerlas, entrando en simpatía con los llamados médiums, y son  por lo mismo inclinados con frecuencia a instigar a tales médiums a que cometan crímenes e inmoralidades; no se puede evitar que lo hagan así, porque, al perder sus cuerpos físicos, han perdido también la suma necesaria de energía y poder de voluntad  para ejercer dominio propio y emplear sus facultades de raciocinio.


     Con frecuencia rondan los lugares  donde acostumbraban pasar el tiempo durante la vida; de este modo tratan de halla r alivio a la sed devoradora que sienten por satisfacer sus deseos. A donde quiera que sus pensamientos les atraigan, allá irán. Si han cometido algún crimen, pueden ser encadenados por el arrepentimiento al lugar en que fue perpetrado; si tienen un tesoro sepultado, el cuidado de su dinero puede retenerlos allí; el odio o deseo de venganza puede encadenarlos a su s enemigos; el amor material puede convertirlos en vampiros, y encadenarlos con el objeto de su pasión, con tal que haya algunos elementos en la víctima que les den acceso, porque el cuerpo astral de una persona mala no puede influenciar la mente de una persona pura, ni durante la vida ni después de la muerte, a menos que estén en mutua relación por alguna semejanza en sus organizaciones mentales(…)


Fuente: Franz Hartmannn. Los Elementales, Capítulo "The life and doctine of Paracelsus" 1887, Coleccion Rosae Crucis Nº2, biblioteca upasika.

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