La relaciones de los espíritus

    Las relaciones de los Espíritus con los hombres son constantes. Los Espíritus buenos nos incitan al bien, nos sustentan en las pruebas de la vida y nos ayudan a soportarlas con valor y resignación; los malos nos incitan al mal: y les es placentero vernos sucumbir y equipararnos a ellos.

    Las comunicaciones de los Espíritus con los hombres son ocultas
 u ostensibles. Las ocultas ocurren por la buena o mala influencia que ejercen sobre nosotros sin que lo sepamos; corresponde a nuestro juicio discernir las buenas y las malas inspiraciones.

    Las comunicaciones ostensibles se verifican por medio de la escritura, de la palabra o de otras manifestaciones materiales, y lo más frecuente a través de los médiums que le sirven de instrumento.

    Los Espíritus se manifiestan espontáneamente o por evocación. Se pueden evocar a todos los Espíritus, lo mismo a los que animaron a hombres obscuros, como a los de los más ilustres personajes, cualquiera que sea la época en la que hayan vivido; así los de nuestros parientes y amigos como a los de nuestros enemigos, y obtener en comunicaciones escritas o verbales, consejos, informaciones sobre su situación en el más allá, de sus pensamientos respecto a nosotros, así como las revelaciones que les son permitidas hacernos.

   Los Espíritus
 son atraídos en razón de su simpatía por la naturaleza moral del medio que los evoca. Los Espíritus superiores se alegran en las reuniones serias donde prevalece el amor al bien y el deseo sincero de instruirse y mejorarse. Su presencia ahuyenta a los Espíritus inferiores que encuentran, por el contrario, libre acceso y pueden actuar con toda libertad entre las personas frívolas o guiadas tan solo por la curiosidad y donde quiera que encuentren malos instintos. Lejos de obtener de ellos buenas advertencias o enseñanzas útiles, pues no se deben esperar sino futilidades, mentiras, bromas pesadas o mistificaciones, porque con frecuencia usurpan nombres venerables para mejor inducir en el error. Es sumamente fácil distinguir los Espíritus buenos de los malos. 


     Pues,
 el lenguaje de los Espíritus superiores es constantemente digno, noble, inspirado por la más alta moralidad, libre de toda pasión inferior; sus consejos exaltan la más pura sabiduría, y tienen siempre como objetivo nuestro progreso y el bien de la Humanidad. 

     El de los Espíritus inferiores
 es, por el contrario, inconsecuente, con frecuencia trivial y hasta grosero; si dicen a veces cosas buenas y verdaderas; con más frecuencia las dicen falsas y absurdas por malicia o por ignorancia. Se divierten con la credulidad y se distraen a expensas de los que los interrogan, alardeando de su vanidad, alimentando sus deseos con falsas esperanzas. En resumen, las comunicaciones serias, en la total acepción de la palabra, sólo se obtienen en los centros serios, en aquellos cuyos miembros están unidos por una comunión de pensamientos para el bien.

     La moral de los Espíritus superiores se resume, como la de Cristo, en esta máxima evangélica: “Hacer a los demás lo que quisiéramos que a nosotros se nos hiciese”; es decir,
 hacer el bien y no el mal. En este principio encuentra el hombre la regla universal de conducta, hasta para sus menores acciones.

     Nos enseñan que el egoísmo, el orgullo y la sensualidad, son pasiones que nos aproximan a la naturaleza animal y nos prenden a la materia; que el hombre que, desde este mundo, se desprende de la materia despreciando las futilidades mundanas y practicando el amor al prójimo,
 se aproxima a la naturaleza espiritual.


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